Llevo corridos dos kilómetros cuando de pronto veo a mi lado, pegado a la orilla de la laguna, a un perro negro, probablemente vagabundo, caminando a la par mía.
Siempre me llamó la atención la forma en que algunos de estos animales buscan tu compañía en ese contacto inicial, donde primeramente te miran de reojo, haciéndose notar pero con disimulo, como buscando tu atención pero nunca de forma directa. Basta que uno les diga algo en un tono amistoso o bien les haga un gesto cariñoso para que finalmente se den por vencidos y no puedan seguir sosteniendo más esa máscara de indiferencia inicial, reconociendo así, con un movimiento contínuo de cola, que sólo buscan algo de cariño como cualquier otro de nosotros. Sin embargo yo no hago nada de eso: no le digo nada ni le hago gesto alguno, sigo como si nada.
lunes, 27 de abril de 2009
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