La suerte con los bichos de departamento no estuvo de su lado. Primero fue el hamster, del cual no recuerda el nombre. Fue un capricho que sus padres consintieron, lo compraron y adornaron la jaula con una rueda de metal, para que el bicho hiciera ejercicio. La comida y el colchón de aserrin fueron parte del combo. Los días pasaban, y la atención decaia inversamente proporcional con cada dia que pasaba. Depronto, una noche sintio un ruido que rompia el silencio de la madrugada. El veterinario dijo que estaba afilando los dientes y que por eso rompia el entretejido, que hacia las veces de techo de la pecera de vidrio. Luego llego el turno de la rueda, que aunque tenia aceite hacia un ruido que no permitia disfrutar del descanso. Un dia el animalito se escapo, y alcanzo otra habitacion de la casa. La madre del joven desperto con ganas de ir por un vaso de agua, o quizas para ir al baño. Pero tuvo la desgracia de rozar a la ratita al bajar su pierna para levantarse. Un grito ahogado invadió el edificio. Fue la ultima vez que el hamster fue visto en ese departamento. Nadie supo su destino, pero la madre del niño le hizo la cruz. Se cree que fue donado a uno de los auxiliares del edificio.
Resulta que el joven quiso tener un pez, y sus padres nuevamente dieron el visto bueno. Esta vez llegó otra pecera, con otro alimento, con un pez doradito, muy lindo. Resulta que el paso del tiempo y los traspasos de habitacion en habitacion, provocaron la rotura (infima) de una de la puntas de la pecera. El padre asi de maestro chasquilla, no tuvo mejor idea que colocarle poxipol. Pero no dejo secar al pegamento. Si, como ud se imagina. El pobre pez se hizo adicto al poxipol, y al otro dia estaba literalmente dado vuelta.
miércoles, 10 de enero de 2007
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